liderazgo del ex alumno
Bayron Sandoval
Recuerdo muy bien dos cosas, una es que en la jardinera de ingreso a la Secundaría se mantenía, durante las tardes y en las noches, un perro de raza Pastor Alemán, la jaula en la que lo encerraban por el día todavía existe en una esquina de la misma jardinera, aunque lo utilizan como bodega de jardinería. La otra cosa que recuerdo de mis primeros años en el colegio, era el inspector de disciplina, Don Héctor Suárez, un personaje que solía marchar por los corredores con las manos entre lazadas por la espalda y la vista siempre al frente, con los zapatos más que lustrados, y sin una sola arruga en su saco o pantalón.
En Segundo Grado de Primaria, una de las maestras por las que más cariño he sentido fue la profesora Cistina Ruiz, quien era la Coordinadora de Matemática; me llegaba a buscar durante el período de la clase para llevarme a su oficina y explicarme con cubitos las tablas de multiplicar, solamente así comprendí la aritmética de esta operación.
La clase de Artes Industriales la impartían hasta los primeros años de Primaria, y era bastante lúdica, ya que mientras lijábamos las piezas de madera, o bien las barnizábamos, un compañero leía en voz alta el libro de leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias; el tiempo se nos iba volando, de lo bien que lo pasábamos, entre el trabajo manual y la leyenda del día.
Todavía puede conocer y jugar en el mítico bosque, que actualmente ocupan las áreas de juegos y clases de Preprimaria, creo que no hubo a quien no le quitaran un pedazo de infancia mientras talaban los árboles en los que jugábamos. Otro de los espacios que todavía disfruté fue la cocineta que instalaron en lo que después fue el salón de Artes Plásticas de la Primaria; en ésta, Doña Olga impartía las clases de cocina a los estudiantes que optaran por esta extracurricular. Tengo presente una clase de cocina con ella, en la que para cocinar las pizzas que habíamos preparado, usamos las tapaderas de los botes de leche en polvo.
Me llamo Bayron Sandoval, a los tres años ingresé al “glorioso” Colegio Capouilliez, en el grado de Infantil, en el año de mil novecientos noventa y cinco. En aquella época, la directora general era la maestra Doña Blanca Pérez de Arathoon, la subdirectora era su hermana, la también maestra Doña Olga Pérez de Cáceres; el suéter del uniforme era de color rojo y el escudo estaba cosido a éste. Todas las instalaciones eran de un sólo nivel, es decir, no existía el edificio de tres niveles de la Primaria, solamente el edificio de la Secundaria, que ya tenía las dimensiones actuales.

Al siguiente año, en Tercer Grado de Primaria, durante los meses de frío de enero y febrero, solía llegar al colegio con un chaleco que no era parte del uniforme. En una ocasión, volviendo del recreo, me topé con Doña Blanca, al ver esa pieza impropia del uniforme me llamó seriamente la atención, y hasta me zarandeó enfrente de la maestra y compañeros para no olvidar que debía respetar el uniforme.
Actualmente terminé la universidad con el título de Ingeniero Químico, y les aseguro que cada una de las lecciones me han servido para llegar a ser quien soy. La disciplina que observé en el inspector me ayudó a culminar la carrera, aun cuando los obstáculos parecían insalvables. Crecer y jugar en un ambiente natural, como ese bosque, me enseñó a respetar y valorar el medio ambiente, y añorar vivir inmerso en él. La pizza que cocimos en esa tapa de metal era la prueba de que todos los recursos deben ser aprovechados al máximo. Las tardes que pasaba lijando y oyendo las leyendas fue un entrenamiento para equilibrar cualquier tarea que tuviera que llevar a cabo. Las tutorías privadas con la Coordinadora de Matemática me enseñaron que no debo avergonzarme de pedir ayuda, y mucho menos debo avergonzarme de decir “no lo sé”, y a esto agregar, pero puedo aprender. Finalmente, esa zarandeada, merecida o no, fue suficiente para cuidar y mantener impecable mi presentación, un aspecto importante y que dice mucho de quien yo soy.

Bayron Sandoval
